SAMUEL SANTANA Por experiencia propia y ante lo que se ve a diario, he llegado a la conclusión de no confiar virtualmente en ningún político dominicano.
Esta actitud me lleva a ver con mucha preocupación el tipo de relación que se está dando hoy día entre ciertos candidatos y algunos líderes evangélicos.
Hay un ministro de la Palabra que, de repente, ha manifestado ante la comunidad evangélica y el país su decisión de formar un movimiento partidario.
Pero a través de personas que están en su entorno, recibí la información de que este movimiento lo único que busca es lograr acuerdos con un partido político grande y con vocación de poder para, luego, obtener alguna posición dentro del Gobierno.
Tengo en mis manos un recorte periodístico que da cuenta sobre una cantidad muy considerable de pastores y líderes evangélicos que abiertamente han dado su apoyo a un político que acaba de asumir una posición importante en el Estado.
Específicamente el medio dice que hay 20 pastores en nómina.
Un funcionario me llamó para pedirme que fuera a su despacho. Después de dos largas horas de conversación sin más ni menos me propuso un cargo.
Valiéndome de ciertos argumentos con elegancia lo rechacé.
El asunto no para ahí. Hace poco recibí la visita de un conocido mío quien me pidió con insistencia reunirme con un posible candidato a la presidencia a través de uno de los partidos grandes.
Rechacé, también, esa posibilidad.
Esta es la indicación de que existe una estrategia entre los políticos y los partidos que busca captar y comprometer gentes dentro de la comunidad evangélica del país.
Si hay algo que hemos visto claramente entre los políticos, es que ellos nunca dan nada de manera gratuita. Siempre andan detrás de algo.
Ahora mismo en Estados Unidos el expresidente Jimmy Carter ha expresado su preocupación ante lo que está, precisamente, ocurriendo entre las iglesias evangélicas y los dos partidos políticos principales de su nación.
En el llamado Tea Party se han unificado líderes evangélicos desde donde concertaron una estrategia que ha restado fuerza al actual Presidente norteamericano, Barack Obama, con la reducción de la planilla demócrata en el congreso.
Esto ha llevado al señor Carter a abogar abiertamente por una separación entre el Estado y la religión.
Aquí está ocurriendo esto.
Los políticos deben ayudar a las iglesias, pero sin comprometerlas. Los recursos del Estado no deben nunca ser usados como instrumento para atar personas, instituciones y, mucho menos a la fe, a determinadas parcelas políticas.
Los primeros que deben cuidarse de esto son los mismos líderes religiosos.
El papel de un pastor no es dirigir entidades públicas. Su misión debe ser predicar el evangelio de Cristo y curar las almas heridas. Su afiliación y compromiso abierto con un determinado partido lo lleva, automáticamente, a discriminar a los de la oposición y a generar animadversiones contra la iglesia, la cual debe estar abierta siempre a todos.
Esta actitud me lleva a ver con mucha preocupación el tipo de relación que se está dando hoy día entre ciertos candidatos y algunos líderes evangélicos.
Hay un ministro de la Palabra que, de repente, ha manifestado ante la comunidad evangélica y el país su decisión de formar un movimiento partidario.
Pero a través de personas que están en su entorno, recibí la información de que este movimiento lo único que busca es lograr acuerdos con un partido político grande y con vocación de poder para, luego, obtener alguna posición dentro del Gobierno.
Tengo en mis manos un recorte periodístico que da cuenta sobre una cantidad muy considerable de pastores y líderes evangélicos que abiertamente han dado su apoyo a un político que acaba de asumir una posición importante en el Estado.
Específicamente el medio dice que hay 20 pastores en nómina.
Un funcionario me llamó para pedirme que fuera a su despacho. Después de dos largas horas de conversación sin más ni menos me propuso un cargo.
Valiéndome de ciertos argumentos con elegancia lo rechacé.
El asunto no para ahí. Hace poco recibí la visita de un conocido mío quien me pidió con insistencia reunirme con un posible candidato a la presidencia a través de uno de los partidos grandes.
Rechacé, también, esa posibilidad.
Esta es la indicación de que existe una estrategia entre los políticos y los partidos que busca captar y comprometer gentes dentro de la comunidad evangélica del país.
Si hay algo que hemos visto claramente entre los políticos, es que ellos nunca dan nada de manera gratuita. Siempre andan detrás de algo.
Ahora mismo en Estados Unidos el expresidente Jimmy Carter ha expresado su preocupación ante lo que está, precisamente, ocurriendo entre las iglesias evangélicas y los dos partidos políticos principales de su nación.
En el llamado Tea Party se han unificado líderes evangélicos desde donde concertaron una estrategia que ha restado fuerza al actual Presidente norteamericano, Barack Obama, con la reducción de la planilla demócrata en el congreso.
Esto ha llevado al señor Carter a abogar abiertamente por una separación entre el Estado y la religión.
Aquí está ocurriendo esto.
Los políticos deben ayudar a las iglesias, pero sin comprometerlas. Los recursos del Estado no deben nunca ser usados como instrumento para atar personas, instituciones y, mucho menos a la fe, a determinadas parcelas políticas.
Los primeros que deben cuidarse de esto son los mismos líderes religiosos.
El papel de un pastor no es dirigir entidades públicas. Su misión debe ser predicar el evangelio de Cristo y curar las almas heridas. Su afiliación y compromiso abierto con un determinado partido lo lleva, automáticamente, a discriminar a los de la oposición y a generar animadversiones contra la iglesia, la cual debe estar abierta siempre a todos.
En mi libro, "Perfil de la iglesia evangélica en la sociedad", yo hablé de apoyar y orientar a los laicos que están en la política; no de que los pastores o líderes evangélicos se fueran de cabeza buscando ellos mismos posiciones en el Estado y dentro de los partidos políticos.
Uno de los grandes problemas ocurrido con las religiones que se ligan a la política, es que cuando se fracasa en la administración pública, por la razón que fuere, el descontento se transfiere a la fe.
Y la lección más peligrosa que tenemos a lo largo y ancho de toda América Latina es que casi todos los líderes evangélicos que han llegado al poder han terminado marcados por la corrupción y el escándalo.
Aquí ya ha empezado a registrarse lo mismo, con funcionarios evangélicos acusados de corruptos. Algunos con todo e iglesia.
Alguien debe dar la voz de alerta ante es festín peligroso que se aprecia en estos tiempos.
No sólo estamos ante la amenaza de desvirtuar la verdadera vocación, sino de poner en riesgo la imagen de la iglesia al colocarla en posición paralela con los partidos y la política y al sufrir la posible consecuencia de los que al llegar al poder se dejan arrastrar por la corrupción.
Uno de los grandes problemas ocurrido con las religiones que se ligan a la política, es que cuando se fracasa en la administración pública, por la razón que fuere, el descontento se transfiere a la fe.
Y la lección más peligrosa que tenemos a lo largo y ancho de toda América Latina es que casi todos los líderes evangélicos que han llegado al poder han terminado marcados por la corrupción y el escándalo.
Aquí ya ha empezado a registrarse lo mismo, con funcionarios evangélicos acusados de corruptos. Algunos con todo e iglesia.
Alguien debe dar la voz de alerta ante es festín peligroso que se aprecia en estos tiempos.
No sólo estamos ante la amenaza de desvirtuar la verdadera vocación, sino de poner en riesgo la imagen de la iglesia al colocarla en posición paralela con los partidos y la política y al sufrir la posible consecuencia de los que al llegar al poder se dejan arrastrar por la corrupción.
Muy Interesante, Presisanmente acabo de publicar un articulo al respecto en mi blog Clic aqui Para leer>>> estudios biblicos
ResponderSuprimir