domingo 27 de febrero de 2011

El poder del perdón

SAMUEL SANTANA
¿Se salvaron los escribas, los fariseos, los verdugos soldados romanos y todos los que maltrataron a Cristo durante su crucifixión?
Esta es una gran pregunta para los estudiosos profundos de la Palabra de Dios.
Hay un hecho que debe ponernos a pensar profundamente antes de responder.
En el evangelio de Lucas, capítulo 23 y versículo 34 el Señor Jesús exclamó al Padre pidiendo que los perdonara. Y lo hizo bajo el argumento de que no sabían lo que hacían.
El clásico y profundo comentarista Jhon Gill nota que la petición de Jesús se produjo en el momento cuando colgaba en la cruenta cruz en el Calvario en medio de dos ladrones, siendo insultado y maltratado por todo tipo de hombre y mientras fue sometido a la más terrible de las torturas y dolor humano.
La versión Arabica no dice “Padre”, sino “Mi Padre”. Lo que indica que se dirigía al Creador del universo y no a un progenitor terrenal.
Su oración aquí fue para demostrar su relación con Dios, su confianza en ser escuchado y para establecer el ejemplo de clamar al Señor en tiempo de gran dificultad.
Lo que deseamos destacar aquí es que su petición fue de perdón, facultad que tiene sólo Dios y él Hijo. Pero era un perdón para sus verdugos, sus grandes enemigos, sus opositores y sus enconados adversarios. Era por quienes lo colocaron en esa cruz.
El gran comentarista bíblico revela que este perdón no estaba destinado a quienes permanecieron pecando hasta la muerte, ni por quienes blasfeman contra el Espíritu Santo o por quienes le rechazan hasta el último momento tras haberle conocido como el Mesías o salvador.
“La oración tuvo que ver con aquellos que actuaron por ignorancia”.
Los frutos de este clamor se hicieron evidentes poco después cuando el apóstol Pedro se dirigió a la multitud en dos ocasiones tras Pentecostés, cuando se produjo el derramamiento del Espíritu Santo en el Aposento Alto.
Esos dos sermones del otrora apóstol cobarde y negador trajo consigo la conversión de unas ocho mil personas-algunos dicen que cinco mil-.
¿Qué multitud fue esa? Obviamente que la misma que hacia menos de dos meses había gritado por la crucifixión de Jesús.
Horas después de la muerte del Maestro muchos se compungieron de espíritu y, otros, hicieron pública su fe, como fue el caso de Nicodemo, quien procuró junto a José de Arimatea el cuerpo de Cristo. Mientras los discípulos verdaderos iníciales andaban desbandado, el gran líder del Sanedrín estaba tocando delicadamente el cuerpo de Cristo.
La expresión “no saben lo que hacen”, está claro que se refería a quienes lo estaban crucificando.
Lo del convencimiento es algo muy profundo. Es que hasta los discípulos que anduvieron con él mirando milagros y escuchando sus enseñanzas terminaron dudando. Pedro huyó y Tomás mantuvo sus dudas hasta el último momento. Si eso fueron ellos, ¿qué esperar, entonces, de los demás?
Tras su resurrección Jesús tuvo que trabajar en el convencimiento de unos seguidores que creyeron en que su cuerpo se lo habían robado y otros, como el caso de los discípulos, que se resistían a creer que se había levantado de entre los muertos.
En definitiva, el nivel de ignorancia era grande entre todos, seguidores y opositores.
Pero algo más, esa oración de Jesús era la demostración del gran poder liberador del sacrificio en la cruz. Es el enarbolamiento de los grandes valores del cristianismo, que coloca el inmenso amor de Dios por encima de todas las mezquindades humanas. Ese sacrificio es que produce perdón a favor del criminal más grande, sin importar el tamaño de su violencia o daño, una vez abre el corazón y lo acepta como su salvador personal. Nuestro nivel de odio no permite comprender esto, pero el corazón del Padre rompe los parámetros de nuestra lógica humana llena de maldad y generadora de resentimientos. Ciertamente nos enfocamos màs en el rechazo natural que surge contra quienes procesaron a Cristo que en el poder perdonador de Dios. Nos empecinamos en ver solo un sòlo àngulo. El del juicio y condena, no en la capacidad liberadora del amor divino.
Jesús cambió al hombre, no por imposición, sino por convicción.
-He pecado- dijo Judas Iscariote-, entregando sangre inocente.
- Soy inocente de la sangre de este hombre, dijo Pilato, tras no poder convencer a la multitud.
-¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!, exclamaron el centurión romano y los que con el estaban custodiando el cuerpo muerto de Cristo en la cruz.
¿Cuántos más, al igual que estos, rasgaron sus vestiduras y se dieron duro en el pecho tras la entrega de Jesús en el Calvario?
Creo que en el cielo habrá muchas sorpresas.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada